Aquellos que han sufrido violencia lo saben: no sé puede hablar de lo que pasó sin que el lenguaje se deshaga. Y no se puede hablar de la violencia sufrida, además, sin el constante examen de uno mismo: ¿cuánto tuve que ver yo en lo que me pasó? ¿Pude evitarlo? ¿Acaso me lo merecía? ¿Podré ser algún día algo más que un cuerpo violentado? Dani, el protagonista de No sé hablar del mar, se enfrenta al recuerdo de sus años de infancia y adolescencia para intentar contar aquello que siempre excede a las palabras. Con un lenguaje poético y libre, y a través de escenas fragmentadas, en el libro se reconstruye la historia de una familia en Madrid cuyas vidas están atravesadas en lo cotidiano por todos los matices de la violencia: el golpe, el silencio, la manipulación, la complicidad, el grito, la huida, los cuerpos rotos, el deseo de muerte, la indiferencia del mundo… Una narración tierna y aniñada que busca volver a un pasado robado para encontrar los grises de una violencia normalizada, como la convivencia diaria con el padre maltratador, los chantajes ejercidos por la madre víctima, las extrañas alianzas de los hermanos para sobrevivir emocionalmente… Un libro bello pero duro que se resume en una única pregunta: ¿cómo narrar el recuerdo de la violencia?